miércoles, 24 de enero de 2024

 



Noche de lujuria

 

Me prometió no separarse ni un minuto y yo temblé de solo pensar en tanto apasionamiento. —Será una noche inolvidable—, pensé.

Ingresamos al dormitorio, me puse un camisón ligero para facilitarle su accionar, nos acostamos y comenzó la danza de abrazos.

Yo lo sentía suspirar y me tensaba pensando en la fuerza de su posesión.

Al principio sentí entusiasmo, un acaloramiento invadía mi cuerpo, mi extremidad se estiraba como queriendo atrapar el momento, pero en la medida que el cansancio se apoderaba de mí, empecé a percibir cada apareamiento como un hostigamiento, cada exhalación suya, un sofoco.

La mañana me encontró exhausta, angustiada y con el agobio de saber que no me lo podía, aún, sacar de encima.

Me vestí, observé mi rostro demacrado en el espejo, tomé con mis manos temblorosas la llave del auto, subí con él aferrado a mi brazo y partí. Socarronamente, me seguía susurrando al oído. No tenía límites, no había final.

Llegué al establecimiento y cuando escuché mi nombre, una luz de esperanza abrigó mi corazón.

—Quítese la ropa—, me indicó la cardióloga y empezó a desenchufar los cables del grabador; a continuación, me quitó el brazalete que había tomado mi presión durante veinticuatro horas.

sábado, 9 de diciembre de 2023

 




Un hombre sin tiempo ni palabra

 

Se levantó, se miró al espejo, peinó sus canas y se puso a canturrear.

Bebió el café, se abrigó, salió a la calle a dar su caminata matinal.

Le llamó la atención el silencio. Ni gritos, ni bocinazos a pesar de que una multitudinaria manifestación transitaba la avenida.

Puso empeño en escuchar, pero sus oídos acusaban silencio.

Asustado, regresó a su hogar.

Se paró frente al espejo, peinó sus canas, se sentó a tomar el humeante café, miró la hora y se dio cuenta de que era la misma desde el despertar.

Quiso gritar y no pudo.

El tiempo y la palabra lo habían abandonado.

 

martes, 21 de noviembre de 2023

Una araña en el parabrisas

       Noche intensa, sin luna. Íbamos por la ruta que atravesaba el bosquecillo y una araña empezó a caminar por el parabrisas. Me impresionaron sus patas peludas.
     Por la inclinación del vidrio, no podía distinguir si estaba dentro o fuera del vehículo y tampoco tenía intención de averiguarlo por si se daba la primera posibilidad.
     Al llegar a una zona urbana, Hugo detuvo el coche bajo un poste de luz y así pudo comprobar que el arácnido estaba en la parte exterior del mismo.
    De pronto, desapareció y pensamos que se había caído.
    Cumplimentamos la visita, cenamos con nuestros amigos y subimos al auto para emprender el regreso. Grande fue la sorpresa cuando a los pocos minutos de iniciado el viaje, apareció la araña de nuevo con un tamaño que duplicaba al anterior.
    Esta vez pude observar que tenía una panza abultada de color marrón y sus patas excesivamente peludas.
    Su andar era incesante y por momentos se detenía aferrada al cristal. Yo vislumbraba en esos instantes un desafío amenazador.
    A medida que dejábamos el pueblo y volvíamos a atravesar la arboleda, su figura se agigantaba al punto tal que nos quitaba visibilidad.
    No nos animábamos a salir a espantarla, ni siquiera a abrir la ventanilla.
Había crecido de una manera que apenas dejaba un pequeño espacio para vislumbrar la ruta.
    Llegó un momento en el cual Hugo debió detener el automóvil pues ya no se veía nada.
   Quisimos abrir las puertas para abandonar el auto, pero comprobamos con horror que las puertas habían sido trabadas con sus patazas.
   A la mañana siguiente, los titulares de los diarios expresaban la extrañeza del hallazgo de una araña que cubría con su cuerpo y patas todo un vehículo.
   De sus ocupantes se desconocía la situación pues esperaban a los bomberos para que, con la ayuda de una grúa, pudieran despegar al monstruo del auto.
   Adentro, solo había oscuridad y silencio

martes, 17 de marzo de 2020

Un señor gordo entre libros

Cuando ingresé, no vi a nadie, olí los libros, trasuntaban muchísimos años y abarcaban todo el salón. Yacían en cajas, estantes, en el suelo, estaban por todas partes, tantos que mi vista no los podía visualizar a todos. Mientras trataba de encontrar un espacio libre para moverme sentí una vozarrón que me preguntaba qué deseaba. Me costó encontrarlo, pero allí estaba, sentado tras un escritorio también atiborrado de libros. Era un viejecillo con larga barba blanca, gordo, muy gordo con una camisa a rayas anchas, azules, tiradores blancos y un pantalón azul como las rayas de la camisa.
Lo miré asombrada y con timidez; le respondí que en realidad no quería comprar sino vender libros de ufología.
Se interesó por el tema y con una voz que parecía no salir de él comenzó a contarme historias de avistamiento de ovnis y encuentros de tercer tipo.
Sus relatos eran tan reales que sentía el zumbido de lo platos voladores en mis oídos y una sensación extraña en mi cuerpo, como si estuviera a punto de levitar.
Cuando pensaba que iba a caer desvanecida, con rapidez, le planteé otro desafío, le consulté si tenía “Alicia en el país de las maravillas”.
No sé en qué momento ni cómo empecé a rodar por un túnel oscuro que parecía no tener final hasta que caí en un prado donde me recibió un conejo, sí, el conejo de Alicia.
No terminaba de recuperarme de la sorpresa cuando detrás mío apareció la Reina de Corazones quien me increpó altanera. Me asusté y no me animé a responderle pero empecé a estornudar mucho, siempre me sucede cuando me pongo nerviosa y cuando pude ver con los ojos aún lagrimeando, me encontré arrojada entre un montón de libros.
Miré alrededor y pude observar al librero con el libro de Drácula entre sus manos. De ninguna manera quería vivir esa experiencia por lo que saludé apresurada y partí.
Hice una cuadra y me di cuenta que había dejado olvidados en la librería los libros de Ovnis que había llevado para vender. Regresé inmediatamente a buscarlos pero no pude encontrar el local comercial.
Caminé toda la cuadra, me detuve en cada puerta, repetí la misma rutina por la vereda opuesta pero el resultado fue infructuoso.
No podía ser una alucinación pues era real que llevaba mi bolso de libros y ya no los tenía en mis manos.
Por otra parte aún tenía la sensación de encandilamiento que me había provocado el encuentro con el extraterrestre y en mi pantalón conservaba pegado el pasto del prado del país de Alicia.
Consulté a los vecinos por la librería y por el librero, quién podría ignorar un personaje tan estrambótico pero la respuesta fue siempre la misma, nadie tenía conocimiento del local ni del hombre.No me animaba a contar mi experiencia pues temía que se rieran de mí.
Volví a mi casa con una sensación de extrañeza y cuando abrí mi bolso para buscar la llave, cayó del mismo una tarjeta escrita en letra gótica dorada.
La levanté pues no recordaba haberla tenido antes entre mis manos y cuando leí su contenido un sudor frío bañó mi cuerpo y caí desvanecida.
Desperté en mi cama y un vecino me dijo que me encontraron tirada en la vereda de mi casa, avisaron a mi madre y con la asistencia de un servicio de ambulancias me ingresaron a mi domicilio y me medicaron, aparentemente había sido una lipotimia por un golpe de calor.
Dirigí mi mirada hacia mi mesa de luz y allí refulgía la extraña tarjeta. Volví a leerla y me volví a desmayar. Cuando regresé al estado de conciencia, mi madre me preguntó qué significaba el Cementerio de los libros olvidados. No quise volver a mirar la misteriosa tarjeta ni intenté relatar la experiencia vivida pero noté que no recordaba ningún título ni autor de los libros que había leído.