Mi abuela humana me llama así, Madurita, aunque mi nombre verdadero es Nina. Así me bautizaron mis padres humanos venezolanos con quienes conviví desde cachorra.
En esos tiempos tenía un hermano perro, de raza más grande que la mía con quien convivía, jugaba, hacía travesuras, compartía mis días.
Yo siempre estaba contenta y trataba de contagiar esa alegría perruna a mis padres humanos que pasaban de momentos de euforia, cuando los visitaban sus hijos y nietos que vivían en el exterior a momentos de pesadumbre y temor, cuando estos partían.
Ahí entrábamos con mi hermano perruno a jugar un papel importante pues los empalagábamos de amor.
Los últimos días que pasé con ellos los vi más preocupados que en otras oportunidades y hasta varias veces los vi llorar cuando hablaban de mudanza, venta de muebles, traslado, situaciones que yo no entendía bien a qué se referían, pero me daba cuenta de que los afligía.
A veces nombraban al dictador, pero tampoco entendía de qué se trataba.
Lo que no sabía yo, es que, dentro de ese cóctel, también se jugaba mi destino.
Y un día, la desolación golpeó mi corazón: vi que subían al auto mi cucha, mi plato, mi bebedero, la bolsa con mi comida.
A mí me encantaba salir a pasear con ellos, pero esa vez sentí que el paseo sería diferente.
Llegamos a una casa, bajaron mis pertenencias, me alzaron, me dieron un beso y me entregaron a una nueva madre humana.
Yo no podía entender el porqué de ese abandono, solo sentía desolación.
Con el pasar de los días, empecé a querer a mi nueva madre, Ana, y me animé a jugar con mi nuevo hermano perruno, Arthas, pero la alegría se había borrado de mi corazón. Era tal mi terror a un nuevo abandono que no me separaba de Ana ni a sol ni a sombra.
No corría en el patio pues temía ingresar a la casa y no encontrarla.
Ese 3 de enero, sin embargo, fue diferente: me levanté como si me hubieran puesto alas en mi cuerpo, me envolvió un viento de libertad y sentí deseos de correr, correr mucho en el patio.
Lo que no sabía yo es que el dictador había sido apresado y mis anteriores padres bailaban en la calle y hablaban del retorno a su patria.
No lo sabía, no, quizás tampoco podría comprenderlo, soy una perrita, pero sentí la libertad como la estaban sintiendo ellos.
Miré a Ana a los ojos y me dije: ahora sí, este es mi verdadero hogar, no estoy más de paso y salí contenta a ladrar con Arthas


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