sábado, 28 de marzo de 2026


Cromañón

 

Cuando el periodista le preguntó a quién quería abrazar, le respondió: “al adolescente que fui cuando tenía quince años”.

Esa edad tenía Juan cuando fue al recital del grupo de rock Callejeros en el boliche República de Cromañón en Once.

Corría el mes de diciembre de 1994, penúltimo día del año y había que despedirlo.

 Programó con sus tres amigos más íntimos del secundario y partió rumbo a tener una noche de éxtasis. Nunca pensó que la misma se convertiría en tragedia ni que sería el único sobreviviente del grupo.

   Una bengala encendida por un fanático de la banda, una chispa que incendió inmediatamente el techo, un humo que hacía el lugar irrespirable y como corolario, las puertas de salida cerradas con llave para evitar el ingreso de gente sin entrada. Un cóctel perfecto.

Los gritos suplantaron la música, la desesperación era esta vez la que hacía vibrar el estadio. Por fuera el desconcierto, corridas, frustración, empujones y golpes para tirar las puertas, todo en vano. La muerte ya había dicho presente y había empezado a cobrar sus víctimas.

Ciento noventa y cuatro jóvenes muertos y más de mil cuatrocientos heridos.

Después vinieron las culpas, los peritajes, las prohibiciones y destitución del jefe comunal. Pero los que se fueron, nunca más volvieron, los corazones de luto siguieron palpitando angustia y el año se despidió con tragedia que no con alegría.

Y ahí estaba Juan, respondiendo el reportaje treinta un años después del fatídico día, queriendo abrazar a ese adolescente que vio partir a sus amigos y quedó con una herida en su alma que no cicatrizaría jamás.

 En la mesa de luz, un portarretrato con los cuatro amigos riendo, da un marco de tristeza a una charla que surgió a manera de homenaje.

 

 

 


Mi abuela humana me llama así, Madurita, aunque mi nombre verdadero es Nina. Así me bautizaron mis padres humanos venezolanos con quienes conviví desde cachorra.

 En esos tiempos tenía un hermano perro, de raza más grande que la mía con quien convivía, jugaba, hacía travesuras, compartía mis días.

Yo siempre estaba contenta y trataba de contagiar esa alegría perruna a mis padres humanos que pasaban de momentos de euforia, cuando los visitaban sus hijos y nietos que vivían en el exterior a momentos de pesadumbre y temor, cuando estos partían.

Ahí entrábamos con mi hermano perruno a jugar un papel importante pues los empalagábamos de amor.

Los últimos días que pasé con ellos los vi más preocupados que en otras oportunidades y hasta varias veces los vi llorar cuando hablaban de mudanza, venta de muebles, traslado, situaciones que yo no entendía bien a qué se referían, pero me daba cuenta de que los afligía.

A veces nombraban al dictador, pero tampoco entendía de qué se trataba.

Lo que no sabía yo, es que, dentro de ese cóctel, también se jugaba mi destino.

Y un día, la desolación golpeó mi corazón: vi que subían al auto mi cucha, mi plato, mi bebedero, la bolsa con mi comida.

A mí me encantaba salir a pasear con ellos, pero esa vez sentí que el paseo sería diferente.

Llegamos a una casa, bajaron mis pertenencias, me alzaron, me dieron un beso y me entregaron a una nueva madre humana.

Yo no podía entender el porqué de ese abandono, solo sentía desolación.

Con el pasar de los días, empecé a querer a mi nueva madre, Ana, y me animé a jugar con mi nuevo hermano perruno, Arthas, pero la alegría se había borrado de mi corazón. Era tal mi terror a un nuevo abandono que no me separaba de Ana ni a sol ni a sombra.

No corría en el patio pues temía ingresar a la casa y no encontrarla.

Ese 3 de enero, sin embargo, fue diferente: me levanté como si me hubieran puesto alas en mi cuerpo, me envolvió un viento de libertad y sentí deseos de correr, correr mucho en el patio.

Lo que no sabía yo es que el dictador había sido apresado y mis anteriores padres bailaban en la calle y hablaban del retorno a su patria.

No lo sabía, no, quizás tampoco podría comprenderlo, soy una perrita, pero sentí la libertad como la estaban sintiendo ellos.

Miré a Ana a los ojos y me dije: ahora sí, este es mi verdadero hogar, no estoy más de paso y salí contenta a ladrar con Arthas


jueves, 11 de diciembre de 2025

Bien plantado

 



Bien Plantado

 

 

Origen del Color Negro del Tordo

“La leyenda cuenta que el tordo, un pájaro de plumaje negro, estaba en su casa cuando se desató una feroz lucha entre gavilanes y halcones contra los tordos.

Durante esta contienda, la casa del tordo fue incendiada y estuvo a punto de morir.

Debido a esta experiencia, el tordo adquirió su característico color negro, que simboliza su sufrimiento y valentía en la batalla.”

 

Tordo negro de negrura intensa. Solo tu pico amarillo habla de otros tiempos de colores.

Te paras en la baranda para otear el alimento y tu figura resalta arrogancia, orgullo.

La naturaleza, detrás, refulge verdes y amarronados, un pelaje rebelde de césped aún no cortado, regado por la reciente lluvia que le dio el envión.

Un tronco añejo descascara tiempo, viejas cicatrices que se niega a ocultar.

Tú te impones y empequeñeces lo que te rodea.

Levantas el cabeza altivo dispuesto a conseguir el alimento y no te inmuta ni el ladrido del perro ni el percutor de la cámara. Estás por encima de todo, bien plantado, seguro, brillante.

Y nace así un cuadro, donde el negro contrasta con el verde, y los marrones dan el marco solemne.

            La primavera queda así atrapada en un cuadro de contrastes.

 

 



viernes, 8 de agosto de 2025


Truco, minas y fernet

 

                                                            

Pegó un portazo y partió. La Delia esta vez había colmado su paciencia.

Los otros tres cumpas ya lo estaban esperando para jugar al truco y cuando lo vieron entrar el Rulo dijo:

— Miren, ahí viene el Colorado, por la cara que trae se nota que está enculadazo.

— Hola cul…, ¿qué te anda pasando que portai esa jeta?, — le dijo el Salame Picado Fino.

— Me he agarrado fiero con la Delia, todas las noches cuando amago venir me arma unos quilombos de novela, ya me tiene harto. “Que, si chiniteo, que seguro que tengo otra hembra, que la gorreo”. Me harta con tanta desconfianza.

— Parale el carro— le aconsejó Jardín Florido, — si sabés que no es así, no le hagas caso.

— Vení, sentate, nos pedimos un “Fernando” y empezamos la partida, — le dijo el Rulo.

Estaban en lo mejor del juego cuando entró una chichí de esas que te dejan los ojos bizcos.

Sus curvas se contorneaban a la par del repiquetear de los tacos altos. Les echó una mirada a los cuatro, pero al Colo le hizo un leve saludo con los labios.

La mina se fue hacia la barra, se sentó en un taburete, pidió una bebida y se puso a ficharlos.

La algarabía de los cuatro amigos resonaba en todo el bar, al grito de truco le seguía retruco, flor, de vez en cuando y un envido cuando alguien no cantaba flor.

Desde la barra la chirusa le seguía haciendo caritas al Colo mientras sus amigos disfrutaban de la situación.

Cuando terminaron la partida, el Rolo desafió al Colo a que se animara a ir a acompañar con un trago a la rubia, total, “la Delia no se podría enterar al menos que un parroquiano lo botoneara pero no había ningún conocido. De esta manera podría llevar a la práctica la profecía autocumplida”.

— Si me agarra me mata, y esta vez con razón.

— Andá Colo, un trago no es una gorreada y se te pasa la cara de embole que tenés, — dijo el Salame.

Tanto insistieron los tres que el Colo se levantó y enfiló hacia el mostrador. La rubia dibujó una sonrisa de oreja a oreja y empezó a bambolear sus lolas.

Mientras tanto, la Delia le confiaba a su madre, por teléfono, la última discusión que había tenido con el Colo.

— Aflojá, hija, el tipo labura como enano todo el día en el taller, no te hace faltar nada y dudo que te ponga los cuernos, son ideas tuyas, aflojá.

La Delia cortó la comunicación, se quedó pensando y tomó una decisión: se iría para el bar, le pediría perdón al Colo y como prenda de paz les regalaría  los cuatro Nugatones que había comprado a la mañana para que los compartiera con sus amigos.

Se vistió con sus mejores prendas, se maquilló y se marchó.

Cuando ingresó se puso a otear el lugar para ubicarlos y cuando divisó al Colo sentado junto a la mina pegó un grito tan estridente que temblaron los vidrios de la ventana.

Al cantinero se le cayó el chop que estaba preparando.

Se acercó hecha una furia y les estampó un cachetazo en la mejilla a cada uno para que no quedara duda de su enojo.

Acto seguido se acercó a los otros tres amigos quienes ligaron igual recompensa.

—Pará flaca, ¿te has vuelto loca? —le dijo Jardín Florido, —sólo está chamuyando y nosotros lo empujamos a hacerlo. Estaba muy enojado, Delia, tantas acusaciones tuyas y todas infundadas, lo único que hacemos es jugar. Hoy se dio la oportunidad y nosotros lo desafiamos.

—¡Ja!, que les voy a creer, en casa no duerme más. Que pase a buscar su ropa, la dejaré en la puerta, ¡no vuelve!, entienden, ¡no vuelve!, y ustedes no se me acerquen porque juro por ésta, +, que los voy a hacer picadillo, ya van a ver.

Dicho esto, la Delia pegó media vuelta y partió no sin antes tirar los Nugatones contra la rubia con tan buena puntería que fueron directo a sus tetas.

Ahí quedó el cantinero, mudo, tratando de secar la cerveza volcada, los parroquianos, con la boca abierta, los cuatro amigos y la chichí con el rostro marcado por la palma de la Delia quien había partido con la convicción de que siempre había tenido razón.

Los cuatro amigos fueron donde el Colo a recoger la ropa que estaba tirada en la puerta y de allí partieron hacia la casa del Rulo. La sorpresa fue grande cuando éste comprobó que su mujer le había puesto pasador desde adentro y no pudo entrar, lo mismo sucedió en lo del Salame y Jardín Florido.

Evidentemente las cuatro mujeres se habían puesto de acuerdo y el castigo era parejo.

Los hombres, cabizbajos, partieron hacia la costanera del Suquía, ahí había bancos y decidieron pasar la noche para armar una negociación que plantearían al día siguiente. Estaban preparando la estrategia cuando escucharon sonidos de cuarteto que venían del Estadio del Centro, vecino al lugar.

La Mona Giménez sonaba con toda su estridencia. Los cuatro se miraron, enterraron por el momento sus penas, se tomaron del brazo y enfilaron hacia el lugar coreando a viva voz “Se ha tomado todo el vino, eeeh eeeh, eeeh, se ha tomado todo el vino...”

 

 




Divorcio

 

Aparentaba un domingo más, pero no lo fue.

Hicieron el amor, como acostumbraban, después, ella se levantó para preparar el desayuno con frutos licuados, cereales y café humeante.

El sol parecía que brillaba con más intensidad.

Sentados frente el desayunador, a boca de jarro, él le planteó divorcio. De nada valieron argumentos de más de cuarenta años de trayectoria juntos, de vivencias compartidas, de viajes realizados y crisis afrontadas, de nada.

La decisión estaba tomada y no había marcha atrás.

Pero ese divorcio sumaba otros acoplados en cadena…

Divorcio de la casa, un lugar al que ella nunca terminó de amar, sí a los jacarandas, plantados con sus propias manos en la vereda y de las frutillas que llorarían ausencia en agosto.

Divorcio con el personal de maestranza al que ya no podría mantener. Años de confidencias, cafés compartidos, asistencia.

Y había un divorcio más cruel que aún no se había consumado: la enfermedad grave de sus dos perros, una viejita descaderada; con hemorragia nasal, el otro, y con pronóstico desahuciado.

Deberá revolver trastos, tirará lo que no crea indispensable, amontonará libros, pinceles y acuarelas de tiempos de creatividad y juventud vibrante.

Llorará ausencias, reirá burlándose de la vida y despedirá rutinas, entre ellas, caminatas con amigas.

 Olfatea divorcio con tufillo a muerte, muerte de amor simulado, de cómodo bienestar, de vejez segura y bien plantada, de encuentros y desencuentros, al final con carcajadas.

Soledad es la palabra que refulge en su mente, mucha y no buscada.

Divorcio, tres sílabas que dictan desamparo, cerrojo de amor, definitivamente clausurado.

 

 

viernes, 4 de abril de 2025


Pintura de Carlos Alonso

El voyerista

 

 

Le gustaba espiar, su vida era justamente eso, vivir de la vida de los demás.

En su búsqueda de vivienda siempre tenía en cuenta que hubiese una buena ventana al exterior enfrentada a un mirador en la acera de enfrente.

Esta vez, el elegido fue un departamento en un edificio bastante derruido en La Boca.

Las canillas goteaban, las paredes pintaban humedades y el olor a moho penetraba hasta los alvéolos pulmonares.

No le importó, frente al ventanal del living un balcón con macetas con flores prometía función.

Al día siguiente de la mudanza, preparó un café y con el pocillo humeante se asomó a la ventana.

El espectáculo que se le presentó frente a los ojos, lo dejó pasmado; dejó la taza en la repisa, corrió a buscar los binoculares y ya no se pudo despegar.

Tras el balcón florido se divisaba un cuarto dormitorio-taller y en el lugar dos almas palpitando: delante de la cama austera, de madera sobria, custodiada por un crucifijo, el pintor daba batalla delante de un caballete con un lienzo; frente a él, la modelo desnuda, de carnes fláccidas posaba midiendo el tiempo para poder cambiar de posición.

La cortina flameaba expectativa, el pintor llamaba a la inspiración, la mujer imaginaba el transcurrir de las horas y el voyerista llegaba al orgasmo.

Fue el retrato de un día pleno.

 

 

jueves, 2 de enero de 2025




 

Mártir y loca

 

Nunca imaginé que una visita a la dermatóloga cambiaría tanto mi vida.

La primera lesión que le mostré adujo que era producto de un importante stress y me sugirió consultar con un psicólogo.

Cuando observó la segunda, adujo que me autoflagelaba.

Me imaginé así, como uno de los mártires de la Edad Media con el cilicio a cuestas.

La miré con indulgencia, medí las palabras y culminé dándole las gracias con la receta de corticoides en la mano.

Mientras me dirigía a mi casa, no dejaba de pensar en ambos apodos: mártir y loca.

Medité mucho y pensé: “quizás tenga un poco de razón”.

Tomé una decisión: no me lastimaría más cada grano que apareciera y me dije: —yo no quiero ser mártir, es más divertido ser pecadora—.

La segunda calificación la debía estudiar más: “un poco de locura no nos viene mal”.

Así, puse en venta, en la vecindad, algunas de las prendas que ya no uso y están como nuevas. La economía circular, como la llaman ahora.

Siempre me repito: —hay que vivir ligera de equipaje—.

Cuando alguna vecina me contactaba para hacer una compra, mi locura se encendía y empezaba a actuar.

Así esperaba con paciencia verla pasar con mi ex camisola, ex blusa yo me ponía a caminar tras ella hablándole bajito, como un murmullo a mi otro yo.

Trataba de mantener la distancia para que la portadora no me descubriera.

Con mi ropa apoyada en otro cuerpo, consultaba los pasos a seguir para resolver mis problemas.

A veces, la prenda se daba vuelta y se sacudía.

 —Voy en la dirección correcta—, me decía.

Otras, se ladeaba para un costado, me indicaba que debía recalcular.

Me reía a carcajadas mientras veía pasar por la puerta de mi casa a mi ropa.

¡Qué bueno es estar un poco loca!

viernes, 6 de septiembre de 2024



Interrogantes

 

¿Qué dejan al marcharse los padres?

Un abismo de orfandad, de dolor, de añoranza.

¿Qué dejan cuándo parten a otras latitudes los hijos?

Un hueco, un vacío, un espacio intangible.

¿Qué deja cuándo se extingue nuestra juventud?

Tristeza, remembranzas de viejos amores.

Sentimientos todos que acompañan nuestros sueños,

que recorren nuestra piel.

Y en ese desvarío me provoco extrañeza,

me desconozco, tantas veces.

Me despierto

y me encuentro aherrojada en un mundo que no elegí,

vulnerable, extraña.

Busco integrarme, pertenecer,

dejar la isla que bloquea mis sentimientos.

Busco salvarme y ahogar mi soledad.

La noche me trae visiones de un mundo utópico

y en mi duermevela modifico mi realidad,

la moldeo a medida de mis ilusiones.

Campanadas de certidumbre

repican cantos de esperanza.

Miro tras la ventana y observo el porvenir,

pájaro que aletea sueños y trina despertares.


 

 


Elegía

 

La espada que fue espada

tiñó de muerte la noche

sembró soledad, ausencias,

arrebató el beso

que la luna entre copas de árboles espiaba.

La espada que fue espada

dejó tanta vida cercenada.

Sábana de mármol cubrió tumbas

mientras la tierra lloraba.

 




martes, 30 de julio de 2024



Riña de gallos

Caprichoso y pendenciero, así era Estanislao. Se le metía una idea en la cabeza y no paraba hasta ponerla en práctica.
Deolinda ya se lo había recriminado, — no son prácticas legales, — le había dicho, pero él insistía en su idea.
Es que Raimundo se había burlado de él en muchas oportunidades y en el pueblo hacía alarde de tener el mejor gallo de riña de la localidad. Siempre lo dejaba maltrecho al Pinto, gallo de Estanislao y Raimundo lo gastaba a su compadre refiriéndose a las palizas que le había dado el Cresta. Estanislao tragaba saliva y se juraba mostrar a todos quién era su Pinto, gallo peleador, si lo había y temerario.
El alcalde había prohibido las riñas, pero allá en el fondo, en los confines de la localidad Anselmo había armado una arena detrás del galpón y había disimulado el lugar con un perímetro de alambre cubierto por una media sombra bien gruesa.
El alcalde lo sabía, cómo no, si todos los parroquianos lo proclamaban a plena voz y se vestían de fiesta el día de la contienda, pero en el fondo el prefecto los dejaba hacer, si hasta su padre había tenido un gallo campeón.
La próxima riña tendría un tinte especial, Estanislao había jurado que su Pinto mataría a Cresta y sería coronado el mejor.
Muchos le creyeron y apostaron más de lo que habían hecho en otras oportunidades.
— Si vamos a jugar sucio, — le dijo Estanislao a su mujer, — lo haremos con propiedad.
Deolinda no entendió el mensaje, pero su corazón le dictó que algo negro se avecinaba.
Le pidió calma a Estanislao, pero en la forma cómo lo vio beber, sus ojos inyectados en sangre y la baba que le corría por el costado de su boca, supo que la tormenta estaba muy cerca.
A ella no le gustaba asistir a esos espectáculos, le parecían grotescos; además no era bien visto por los parroquianos la presencia de mujeres, pero al observar tan fuera de sí a su marido, decidió acompañarlo.
Se dirigió al dormitorio para vestirse y cuando salió se encontró con que éste, ya había partido.
Le llamó la atención un cajón del mueble de la cocina a medio cerrar, lo abrió y observó que faltaba el cuchillo de filetear carne, tan, tan, su corazón dictó alarma.
Rápidamente salió y casi al trote se dirigió donde Anselmo, a su lado pasaban los paisanos, a caballo unos, en bicicleta otros, caminando y riendo unos cuantos.
Mientras acortaba distancia, sintió la sirena de la policía cada vez más cerca, cada vez más estridente. Tan, tan, volvió a golpear su corazón.
En eso, una ambulancia pasó levantando una polvareda, tan, tan, tan, tan.
Cuando llegó, se hizo paso entre la muchedumbre, atravesó como pudo el galpón y el cuadro que se presentó ante sus ojos, fue apabullante, ahí, tirado sobre la arena estaba Estanislao bañado en sangre; a su lado yacía el Pinto, también muerto con la cuchilla atada a sus patas. Los gritos de Deolinda invadieron el lugar, después se le nubló la vista y perdió el conocimiento.
Se despertó en el hospital de pueblo. Allí, Ramona, su vecina le contó lo que se rumoreaba, que Estanislao había concurrido a la riña dispuesto a darle muerte al Cresta, para ello le había atado la cuchilla a las patas del Pinto y en un descuido el animal se movió inquieto y le abrió el abdomen con la cuchilla.
Tan, tan, tan, volvió a percutir el corazón de la Deolinda y se volvió a desmayar. 
 

viernes, 21 de junio de 2024



Una noche en la biblioteca

 

Ana trabajaba en una biblioteca. Sus jornadas transcurrían entre libros que leía con fruición.

No obstante, una idea la perseguía: qué ocurría en el lugar de noche.

Quiso averiguarlo y ese día decidió aguardar escondida tras los anaqueles abarrotados de libros.

Vio con horror cómo empleados de maestranza traían viejos volúmenes del sótano del edificio y los tiraban en contenedores colocados en la acera.

Agudizó el oído y sintió llorar a Julieta mientras agonizaba Romeo.

Los poetas corrían tras los estantes y Calderón apelaba a despertarse y responder. —No es cierto que la vida es sueño—, gritaba, —estaba equivocado, despertaos—.

Goethe furibundo insultaba en alemán mientras Rainer María Rilke esparcía rosas.

Ana quiso detener ese “librocidio” pero el Rey Arturo la tomó de la cintura y la llevó al piso superior.

Gulliver trajo un ejército de liliputienses armados con piedras para defender el sótano.

Ana, se liberó de la vigilancia del Rey, escapó sin ser vista por los verdugos, corrió a su departamento, buscó valijas y bolsos y regresó al local para recuperar el tesoro perdido.

Desde entonces, vaga feliz entre libros que la acompañan y le regalan el placer de la lectura mientras en un rincón de su dormitorio, sobre la cómoda, Aureliano Buendía la mira fijo, intentando recordarla.

 

miércoles, 22 de mayo de 2024




Carné de conducir 

       Se levantó, se miró en el espejo y se dijo: —¡hoy es mi día de suerte!
       Desayunó y partió hacia la Municipalidad pues tenía turno para sacar el carné de conducir.
       Frente a la Casona Municipal, había un lugar para estacionar: —es mi día de suerte —, se repitió.
       La entrevista con el psicólogo fue estupenda, una hora con test, interpretación de estos y corrientes psicológicas en boga.
        Cuando se retiró, vio un papel raro en el parabrisas de su auto.
        Había estacionado en contramano, lo que le valió pagar una abultada multa.
        A continuación, y ya habiendo desechado la idea de la buena suerte, ingresó al dispensario para la entrevista con el clínico.
        Se encontró con un panorama dantesco: personas que parecían zombis, recostadas en los sillones, se quejaban y apenas se podían movilizar.
          Algunas no podían abrir los ojos y los tenían hinchados.
          Un adolescente, se vomitó todo, parecía que quería sacar de dentro su propio yo.
           Fue tan grande el esfuerzo que su cara quedó tapizada de manchas rojas.
        El médico salió del consultorio e informó que atendería de manera alternada a los aspirantes al carné de conducir y a los enfermos de dengue.
         Elvira comprendió quiénes eran esos zombis y la visión de mosquitos que volaban en el lugar le despertó temor.
        Comenzó a caminar y abanicarse con los formularios que tenía en la mano. Creía que de esa manera podría evitar una picadura.
          De pronto, el desmayo de una persona la puso en alerta, a su vez, observó cómo canalizaban a otra que estaba totalmente deshidratada.
             Cuando el médico la llamó, apenas tuvo fuerzas para ingresar al consultorio.
           La entrevista fue breve y acto seguido en la oficina de Seguridad Ciudadana le entregaron el apetecido carné.
Cuando, aliviada, se dirigió a su vehículo vio con horror una nube de mosquitos negros con rayitas blancas que lo sobrevolaba.
Comprendió que en minutos se sumaría al ejército de zombis.
 

 

miércoles, 24 de abril de 2024



Inundación 

Miró por encima de su hombro y vio el torbellino de nubes, la visión la sobrecogió.

Se ató los cordones de las zapatillas para no perderlas y empezó a correr.

Unos pocos kilómetros la separaban de su rancho, enclavado a orillas del río; el camino escarpado hacía más difícil el trayecto. Cuando tropezó con las raíces de un árbol añoso, pensó que no podría volver a ponerse de pie, pero el estruendo que provocó la caída de un rayo, la obligó a erguirse y reiniciar la loca carrera.

A lo lejos, detrás de la densa cortina de agua, visualizó su vivienda.

Llegó jadeando y con el agua a sus tobillos. Entró, se trepó a la banqueta desvencijada, buscó con nerviosismo entre los libros, los manuscritos que había logrado reunir tras pacientes años de escritura. Al lado, en un pequeño cofre, guardaba los ahorros conjugados con la paga de su oficio de lavandera y el ruido de sus tripas cuando les mezquinaba comida.

Los tomó a ambos y cuando trataba de resguardarlos, el torrente tiró abajo la puerta, inundó la casucha y la lanzó al agua.

Se dejó arrastrar y sólo atinó a levantar los brazos para salvar sus tesoros.

Dos horas después, los rescatistas la encontraron enganchada en el tronco de un viejo algarrobo caído al barranco.

Uno de ellos se acercó, tomó entre sus manos el montoncito de hojas y el cofrecito. Su compañero quiso colocarle el arnés para izarla y en el momento que le ajustaba el cinturón, la sintió expirar. La miró con zozobra y le sorprendió ver la sonrisa en su rostro. Había triunfado, su obra estaba a salvo.

 

 

martes, 2 de abril de 2024

Homenaje a los caídos en Malvinas

 



Silla plegable

Se arrastró con una silla plegable bajo su brazo, se detuvo frente a la tumba que ahora tenía una identificación, desplegó el asiento y se sentó.

Doblada por el tiempo recuperaba la razón de vivir. Ahora sabía que debajo de esa sábana de mármol, dormía su hijo.

Le habló con voz queda, le dijo cuánto lo amaba, lo sintió cerca, lloró, rezó un responso, se persignó, se paró con dificultad, dobló la silla y partió con la convicción que ninguno de los dos olvidaría esa visita.

viernes, 22 de marzo de 2024

Texto publicado en la Revista El Narratorio N° 97



El calcetín rojo

 

Se pasó una hora buscando el calcetín rojo pero no aparecía por ningún lado.
     Facundo no se explicaba cómo había sucedido pues los habia dejado juntos sobre las nuevas zapatillas que había comprado para la ocasión.
        Buscó en el armario, en la mesa de luz, entre las sábanas...misterio.
      A medida que el tiempo transcurría se empezó a desesperar. El colectivo partiría a las veintitrés horas en punto desde la puerta del colegio y ya eran las veintidós y treinta pasadas.
     Este sería el último año de la escuela media y, como se estila ahora, habían organizado pasar la noche previa al último primer día de clase en una confitería bailable. Para asistir, contrataron un ómnibus que los llevaría a una discoteca de Carlos Paz, y de regreso, los dejaría en la acera de la escuela, a la ocho, hora de ingreso.
    Como ésta era una institución muy severa y los había obligado durante el transcurso de toda la carrera a utilizar un uniforme formal, buzo y remera verde oscuro, zapatillas y medias negras, habían decidido apersonarse ese primer día de clase con remeras rojas, jeans, zapatillas blancas y zoquetes rojos.
      La sola planificación de la previa y el atuendo los había puesto eufóricos. De ahí la desesperación de Facundo quien no encontraba su calcetín.
      El reloj marcó la hora y el joven comprendió que se quedaría sin fiesta.
      Se tiró sobre la cama desconsolado y entre rabietas y lágrimas se durmió.
     A la mañana siguiente, su madre, quien suspiró aliviada cuando lo vio en la habitación, lo despertó con la terrible noticia: sus compañeros se habían presentado al colegio bastante subiditos de tragos y vestidos ridículamente por lo que la Dirección había decidido aplicarles una importante sanción disciplinaria, que podría llegar hasta la expulsión.
      Facundo no podía creer lo que ella le relataba, se levantó con manos y pies sudados por los nervios y se dirigió a la cocina a buscar un vaso de agua pues tenía la boca seca y le costaba respirar.
      Al pasar por la cucha del perro, le llamó la atenión algo que asomaba bajo sus patas peludas.
     Se acercó, las levantó y ahí estaba su calcetín rojo. Cómo lo iba a reprender si lo había salvado del castigo.
 

sábado, 16 de marzo de 2024

Araña tigre, de la foto nace la idea de semejanzas


Semejanzas

 

Te vi, araña, imponente, segura, atrevida, desafiante, coqueteando con el macho que atento te presume.

 Te vi agarrada a entretejido con perlas perfumadas de llovizna, te volví a mirar y a continuación, mis ojos se dirigieron a mi cuaderno, papel salpicado de palabras, regado de sentimientos que se entrelazan, que pintan retazos de vida.                                    

Nació así la idea de que no somos distintas, ambas tejedoras, vos de un hábitat, yo de una radiografía de mi vida.Los filamentos que te sostienen son finos, pero tienen la fortaleza de soportar tu peso, mientras que los garabatos de mis letras patinan en el laberinto de mis inseguridades.

Te vi fuerte, araña, sólida, al acecho y me vi pequeña, enredada en mis miedos, tejiendo pequeños nichos de palabras donde encontrar protección.


 

martes, 27 de febrero de 2024



Simplemente carnaval

 

Con atuendos de colores

se vistió el carnaval,

una máscara ocultaba

su rostro al pasar.

Fuertes sones de matracas

acompañaban la marcha,

contorneo de caderas

y alegría exultante.

Papel picado y espuma

caía sobre las comparsas

que con risas respondían

ante tanta alharaca.

Carnaval de mil colores,

 de alborozo desbordante,

de cánticos al compás de bullicio,

 de contorsiones y saltos.

Carnaval carnavalesco

que oculta quizás un dejo

de tristeza y pesimismo

y pone un instante feliz

a la pobreza, al hambre,

embriaga el alma unos días,

al año, pocos, no más.

 


 

Premio literario