Divorcio
Aparentaba un domingo más, pero no lo fue.
Hicieron el amor, como acostumbraban, después, ella se
levantó para preparar el desayuno con frutos licuados, cereales y café humeante.
El sol parecía que brillaba con más intensidad.
Sentados frente el desayunador, a boca de jarro, él le
planteó divorcio. De nada valieron argumentos de más de cuarenta años de
trayectoria juntos, de vivencias compartidas, de viajes realizados y crisis
afrontadas, de nada.
La decisión estaba tomada
y no había marcha atrás.
Pero ese divorcio sumaba otros acoplados en cadena…
Divorcio de la casa, un lugar al que ella nunca
terminó de amar, sí a los jacarandas, plantados con sus propias manos en la
vereda y de las frutillas que llorarían ausencia en agosto.
Divorcio con el personal de maestranza al que ya no
podría mantener. Años de confidencias, cafés compartidos, asistencia.
Y había un divorcio más cruel que aún no se había
consumado: la enfermedad grave de sus dos perros, una viejita descaderada; con
hemorragia nasal, el otro, y con pronóstico desahuciado.
Deberá revolver trastos, tirará lo que no crea
indispensable, amontonará libros, pinceles y acuarelas de tiempos de
creatividad y juventud vibrante.
Llorará ausencias, reirá burlándose de la vida y despedirá
rutinas, entre ellas, caminatas con amigas.
Olfatea
divorcio con tufillo a muerte, muerte de amor simulado, de cómodo bienestar, de
vejez segura y bien plantada, de encuentros y desencuentros, al final con
carcajadas.
Soledad es la palabra que refulge en su mente, mucha y
no buscada.
Divorcio, tres sílabas que dictan desamparo, cerrojo
de amor, definitivamente clausurado.
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