viernes, 8 de agosto de 2025




Divorcio

 

Aparentaba un domingo más, pero no lo fue.

Hicieron el amor, como acostumbraban, después, ella se levantó para preparar el desayuno con frutos licuados, cereales y café humeante.

El sol parecía que brillaba con más intensidad.

Sentados frente el desayunador, a boca de jarro, él le planteó divorcio. De nada valieron argumentos de más de cuarenta años de trayectoria juntos, de vivencias compartidas, de viajes realizados y crisis afrontadas, de nada.

La decisión estaba tomada y no había marcha atrás.

Pero ese divorcio sumaba otros acoplados en cadena…

Divorcio de la casa, un lugar al que ella nunca terminó de amar, sí a los jacarandas, plantados con sus propias manos en la vereda y de las frutillas que llorarían ausencia en agosto.

Divorcio con el personal de maestranza al que ya no podría mantener. Años de confidencias, cafés compartidos, asistencia.

Y había un divorcio más cruel que aún no se había consumado: la enfermedad grave de sus dos perros, una viejita descaderada; con hemorragia nasal, el otro, y con pronóstico desahuciado.

Deberá revolver trastos, tirará lo que no crea indispensable, amontonará libros, pinceles y acuarelas de tiempos de creatividad y juventud vibrante.

Llorará ausencias, reirá burlándose de la vida y despedirá rutinas, entre ellas, caminatas con amigas.

 Olfatea divorcio con tufillo a muerte, muerte de amor simulado, de cómodo bienestar, de vejez segura y bien plantada, de encuentros y desencuentros, al final con carcajadas.

Soledad es la palabra que refulge en su mente, mucha y no buscada.

Divorcio, tres sílabas que dictan desamparo, cerrojo de amor, definitivamente clausurado.

 

 

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