viernes, 15 de diciembre de 2017

Segundo Premio

Ediciones Mis Escritos

Juegos Florales Gran Final 2017    

Otorgamos a Clara Gonorowsky

2do Premio

 Por su obra “Inundación” Género: Narrativa

Cdad A. de Buenos Aires, 9 de Diciembre de 2017
 Claudio Bellouh Ardoy - Osvaldo J. Annichini Jurados

Cristina Beatriz Monte

Directora

 
Inundación

Miró por encima de su hombro y vio el torbellino de nubes, la visión la sobrecogió.
Se ató los cordones de las zapatillas para no perderlas y empezó a correr.
Unos pocos kilómetros la separaban de su rancho, enclavado a orillas del río; el camino escarpado hacía más difícil el trayecto. Cuando tropezó con las raíces de un arbol añoso, pensó que no podría volver a ponerse de pie pero el estruendo que provocó la caída de un rayo, la obligó a erguirse y reiniciar la loca carrera.
A lo lejos, detrás de la densa cortina de agua, visualizó su vivienda.
Llegó jadeando y con el agua a sus tobillos. Entró, se trepó a la banqueta desvencijada, buscó con nerviosismo entre los libros, los manuscritos que había logrado reunir tras pacientes años de escritura. Al lado, en un pequeño cofre, guardaba los ahorros conjugados con la paga de su oficio de lavandera y el ruido de sus tripas cuando les mezquinaba comida.
Los tomó a ambos y cuando trataba de resguardarlos, el torrente de agua tiró abajo la puerta, inundó la casucha y la lanzó al agua.
Se dejó arrastrar y sólo atinó a levantar los brazos para salvar sus tesoros.
Dos horas después, los rescatistas la encontraron enganchada en el tronco de un viejo algarrobo caído al barranco.
Uno de ellos se acercó, tomó entre sus manos el montoncito de hojas y el cofrecito. Su compañero quiso colocarle el arnés para izarla y en el momento que le ajustaba el cinturón, la sintió expirar. La miró con zozobra y le sorperndió ver la sonrisa en su rostro. Había triunfado, su obra estaba a salvo.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Octavo día



Esta semana el almanaque me obsequió una sorpresa: tenía un día más. Es un fenónemo que se da cada cien años, según me pude informar.
Lo primero que observé es que no tenía nombre por lo que me aboqué anominarlo y qué mejor apelativo que “Dueño”.
—¿Por qué ese nombre?—; muy simple, porque ese día seria entero para mí, o sea, me convertiría en mi propio dueño: dueño de dormir, de cantar, de caminar, de escribir, de reírme hasta sentir dolor de panza.. —Yo, mi dueño.—
Y así amanecí, radiante de felicidad.
 Elegí vestirme de manera informal pero excéntrica, unas bermudas floreadas, una remera a rayas y por supuesto, corbata para recordar que no todos los días serían tan plenos como éste.
 Un hecho fortuito me lo arruinó: un ejército de ratones enguantados rodeó a mi gato que acosado
empezó a maullar.
Resignado, me propuse erradicar la plaga, corrí a la heladera, saqué queso, distribuí trocitos en un plato y cuando los vi atraídos, me tragué la repulsión, les acerqué la trampera y empecé a actuar.
Superado este escollo, sentí a mi gato nuevamente gritar despavorido. Dirigí la mirada hacia donde provenían los maullidos y lo vi subido en la parte más alta de un algarrobo.
Debí armar la escalera y amarrarla al tronco del árbol para evitar que resbalara.
Así, subí con temor pues sufro de vértigo y logré bajarlo; para evitar más inconvenientes lo encerré en el baño.
Se preguntarán qué hice con los guantes de los ratones: armé un cuadro con un collage y lo colgué sobre mi cama para recordar el día que mi gato se convirtió en mi dueño.
Ya empezó a anochecer. Comprendí, apenado, que debería esperar un siglo para reencontrarme con el dia “Dueño”.

lunes, 27 de noviembre de 2017

Premio






Extraña inauguración

Cuando estuve sola, con los últimos atisbos de memoria, recordé ese día. Observé la foto envejecida que guardaba en la mesa de luz, rescatada de la cámara de mi compañero, a poco tiempo de su retiro laboral. Había sido una semana que presagiaba muchos acontecimientos pero nunca como el que me tocó vivir en esa oportunidad.
Jamás regresé a mi lugar de trabajo, y desde entonces deambulo por la casa, tratando de ensamblar las piezas sueltas de esa extraña inauguración.

La semana se había vestido de fiesta, eran la patronales de Mendiolaza.
El pueblo, ahora ciudad, bullía en eclécticos festejos.
A mí me había tocado cubrir la inauguración de la Oficina de Correo. Autoridades y vecinos participaron del acto.
Cuando llegué, me llamó la atención la cantidad de ancianos que conformaban la comitiva.
Estaba Etelvina, la primera empleda de la estafeta en los años sesenta. La acompañaban sus hermanos, dos viejecitos pequeños que junto a ella conformaban un simpático trío.
El cura párroco de ochenta y nueve años dio la bendición y me detengo en su edad porque el intendente la referenció.
Cuando habló el prefecto, me pareció verlo más avejentado a pesar de sus cincuenta años, pero pensé que eran ideas mías.
Así, me entretuve sacando fotos y cuando el acto culminó, quise regresar a mi auto pero sentí dificultad para caminar.
Giré la cabeza y vi a mi compañero convertido en un viejecito, sin dientes, apoyado en una silla.
Busqué las fotos en la cámara pero todo apareció matizado con un tinte sepia, los rostros de los presentes surcados por arrugas y sólo viejos y más viejos, ningún joven.
Levanté la vista y con ojos nublados divisé el cartel del Correo que pendía destartalado.




viernes, 24 de noviembre de 2017

Amistad sellada

Era la fiesta de egresados del grupo del Politécnico de Rosario. En el brindis final, los diez amigos se prometieron conmemorar esa fecha treinta años después en Nueva York.
Los años corrieron muy de prisa y llegó la fecha anunciada.
Algunos habían triunfado en sus profesiones, otros aún la peleaban, lo que hizo despertar dudas sobre el cumplimiento de la promesa.
Ariel, que había cosechado éxitos en su empresa puso fin a la discusión y propuso costear el viaje; no dejó margen para réplicas.
Sayfullo Saipov hacía siete años que vivía en Estados Unidos. Manejaba un taxi para la empresa Uber y mientras esperaba el llamado de futuros clientes en un oscuro departamento en los extramuros de la gran manzana navegaba en las redes.
Así selló su amistad con un grupo radicalizado que respondía a Isis. Debía demostrar su fidelidad llevando a cabo una tarea que le fue solicitada. Sería su bautismo de iniciación.
Siete días llevó a los amigos rosarinos organizar el viaje, siete días le llevó al inmigrante uzbeko preparar el atentado.
La jornada amaneció espléndida en Nueva York y los diez amigos decidieron alquilar motos para realizar un paseo por la ribera del Hudson.
Llegaron a la gasolinera y bromearon sobre quién pagaría la carga de combustible. Con un sorteo zanjaron las dudas.
El día de la prueba de fuego había llegado y Sayfullo estaba dispuesto a llevar su cometido dando muestras de un gran profesionalismo; quería ganarse la aprobación de su nuevo grupo de referencia.
Le habían indicado que en la gasolinera encontraría una camioneta aparcada, debía retirar las llaves ocultas en un armario en el baño, tomar el vehículo y dirigirse a una zona céntrica muy concurrida.
Cuando divisó a los diez amigos juntos, no dudó un instante en que el destino le brindaba la oportunidad antes que él la buscara.
Retiró del casillero la llave , no necesitó leer las instrucciones que estaban junto a las mismas pues en su mente ya se había instalado una idea.
Los amigos tomaron la carretera en fila, con marcha lenta pues querían disfrutar cada instante del día. Detrás, el terrorista encendió las luces de la furgoneta, salió raudamente de la gasolinera y apretó el acelerador a fondo…
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8 comentarios

  1. 1. Vespasiano dice:
    Buenas tardes Galia:
    Lo que acabo de leer me ha hecho recordar uno de los telediarios que he visto y escuchado últimamente, por eso no me ha resultado impactante.
    No sé si tu intención ha sido rendirle un homenaje a ese grupo de académicos que fueron cobardemente asesinados.
    Si ha sido así, me uno respetuosamente a guardar la memoria de los fallecidos y condenar a esos fanáticos radicalizados que siembran el terror en cualquier parte del mundo.
    Veo que has cambiado el medio de transporte que utilizaron, ya que ellos iban montados en bicicleta cuando fueron arrollados por el terrorista. Claro que una bicicleta no necesita repostar gasolina.
    En cuanto al reto, a pesar de que el grupo de amigos y el terrorista han coincidido durante algún tiempo en la gasolinera, la escena del atropello mortal sucede fuera de la gasolinera.
    En general, tu historia me ha gustado.
    Felicidades.
    Escrito el 17 noviembre 2017 a las 16:33
  2. Buenas tardes Vespasiano, sí, mi idea fue rendirles un homenaje, no lo explicité in memoriam… porque no sé si está permitido, se suma así tantas muertes injustas y en el caso de nosotros, los argentinos, al atentado a la Embajada de Israel y a la Amia, hechos aún impunes.
    Escrito el 17 noviembre 2017 a las 17:21
  3. 3. Dante Tenet dice:
    Galia
    A todos en Baires nos ha golpeado esta historia.
    Me gusta que le hayas sacado el tono periodistico y la conviertas en algo humano.
    Escrito el 17 noviembre 2017 a las 18:55
  4. 4. Cesar A. Martin dice:
    Hola Galia:
    Me ha gustado tu relato, ahora se lee mucha novela de no ficción ( carrere, Cercas, el gran precursor Capote) pero no relatos cortos. Ha sido una gran idea.
    Pero creo que no se ajusta exactamente al reto “que el relato tenga lugar en una gasolinera como único escenario.”
    En cualquier caso es un gran relato. Enhorabuena.
    Escrito el 18 noviembre 2017 a las 16:08
  5. 5. J.Sfield dice:
    Hola, Galia
    Buen relato. Tiene alguna frase tan larga que casi me quedo sin aire, deberías poner alguna coma. Estoy de acuerdo con los comentarios que ya te han hecho, demasiado estamos viviendo está escena en los telediarios…
    Buen trabajo, saludos
    Escrito el 20 noviembre 2017 a las 15:24
  6. 6. Millpond dice:
    Hola Galia,
    Creo que el relato nos ha llevado a todos al lugar correcto.
    Quizás lo que más me ha gustado sea la descripción de la calma previa al evento.Dedicamos a veces mucha reflexión a los momentos posteriores al horror, pero hay algo extraordinario en los momentos previos, que ya constituyen una historia por sí mismos.
    Si te ayuda, me gustaría decirte que las comparaciones explícitas ayudan a que el relato sea más vívido. Veo que lo haces muy acertadamente al comparar la duración de los preparativos del viaje y el ataque. Tal vez desarrollar un poco más este paralelismo u otros otorgaría nitidez al relato.
    Aprecio mucho tu homenaje, gracias por tu texto.
    Escrito el 20 noviembre 2017 a las 17:55
  7. 7. Yoli dice:
    Hola, Galia.
    Gracias por comentar mi relato. Me ha gustado mucho, yo no sabía que estaba inspirado en hechos reales, y eso me deja impactada. Es un triste final para esos chicos y chicas, te deja pensando después de leerlo.
    Te seguiré leyendo.
    Saludos.
    Escrito el 22 noviembre 2017 a las 12:36
  8. 8. Jesus Lopez Conesa dice:
    Corto, preciso y rapido. La verdad es que es triste que el señor taxista mate a los amigos que solo iban de viaje. La verdad es que me ha llamado la atencion lo corto que es y la carga que lleva consigo el propio texto. Me ha gustado y resultado interesante. Por cierto mi texto es bastante corto y la gente dice que es brutal, asique si quieres pasarte soy el 2.
    Un saludo y nos leemos!
    Escrito el 23 noviembre 2017 a las 23:45

martes, 14 de noviembre de 2017

Decrepitud

III Certamen de Microrrrelatos
"Letras Como Espada"

MENCIÓN ESPECIAL DEL JURADO

 CLARA GONOROWSKY-Argentina

 

Decrepitud


El armario donde acababa de guardar su muñeca se cerró con un estrépito. El viento había empujado la puerta.
Intentó abrirla pero no cedió. Pateó, sin lograrlo.
El gato recién nacido cobijó sus caricias.
El tiempo transitó décadas y la llevó a otras latitudes.
De regreso, debió vaciar la casona ancestral, y al abrir el armario, la encontró con el pelo apolillado, decapitada, pero aún así, sintió su mirada profunda desde esas vidriosas pupilas azules que tantas veces había querido arrancar.

 

jueves, 26 de octubre de 2017

Lugares: antología colectiva













Presentación
En marzo convocamos a escritores de todas las nacionalidades a escribir cuentos en español que transcurrieran en “su lugar favorito del mundo”. El resultado es esta antología, cuyos cuentos hablan de lugares, pero también hablan de amor, de poesía, de solidaridad, de nostalgia, de esperanza, de desencantos. Los invitamos a hacer un viaje, tomen el mapa y pónganse  cómodos:  partiremos de la Olavarría de Juan Pablo Goñi Capurro y cruzaremos el Río de la Plata para ver la Montevideo de Zandro Zás y Graciela Vargas Ramos y la Pan de Azúcar de Alina Tortosa. De ahí iremos a Europa, a la Edimburgo de Alejandro E. Ferrari y a la París de Clara Gonorowsky y Damaris Gassón Pacheco. Seguiremos hacia Italia para ir a la Capri de Renate Mörder y la Trieste de Fede Marongiu. Luego volaremos hacia la México de Jessica de la Portilla Montaño y Cecilia Janet Ramos Montes, para finalmente concluir nuestro viaje en Sudamérica, en la Quito de Roberto Pérez Rivadeneira  y  la Lima de Carlos Enrique Saldivar.  ¡Vengan! Probablemente acabarán cansados, pero como al final de todo lindo viaje, se quedaran con los recuerdos y las ganas de volver.










 PARÍS GRIS… 

 Su llegada a París fue un mosaico de sensaciones: el frío intenso de ese invierno impiadoso la abrazó en los primeros pasos, la nieve acunó sus pies helados, pero su corazón vibró ante la felicidad de alcanzar un sueño que por momentos parecía inalcanzable. Así se entrecruzaron el temor, el frío, la alegría, la emoción, la curiosidad, el embeleso. La cobijó un departamento antiguo, en el último piso del edificio y el balcón le mostró los tejados negros y un sinfín de chimeneas. El calor del hogar reconfortó su cuerpo entumecido y le dio alas para organizar el periplo. A la mañana siguiente se dirigió a la Plaza de la República y, al ir a tomar el subte, un individuo de mirada azul intensa la cruzó y le dirigió una sonrisa. Se subió al vagón con la presencia de esos ojos azules que la acompañaron todo el trayecto. Tras hacer diversas combinaciones, llegó a la Torre Eiffel que se apareció majestuosa a su mirada. Allí erguida, desafiante, invitaba a subir, a convertir a sus visitantes en liliputienses en jaula de hierro, a mostrar París, desde distintas perspectivas. Con los pies nuevamente en tierra, caminó por el Campo de Marte y se dirigió hacia Los Inválidos; en mausoleo imponente, descansa Napoleón.  Pero esos ojos azules, los que subieron con ella al subte fueron guiando sus pasos para un próximo encuentro. Tomó el boulevard Saint Germain y, a pocos metros, se encontró en el Museo d’ Orsay. En el piso superior, iluminado con luz natural, se exponen los tesoros de la pintura del Impresionismo. Sumergirse en esa galería, fue entrar en el mundo de Monet, Manet, Degas, Renoir, torbellinos de colores, sensaciones, el vértigo de la belleza, del esplendor de una época mágica; pero el golpe de emoción llegó, al enfrentarse a unos ojos azules intensos que la miraban desde el autorretrato de Vincent Van Gogh, los ojos azules que la habían acompañado toda la mañana. Sintió la imperiosa necesidad de adentrarse en su mundo, recorrer sus espacios vividos, al menos algunos, los más cercanos a su muerte. Al día siguiente, se dirigió a la estación St. Lazare y tomó un tren a Pontoise,  en búsqueda de la genialidad, pues al genio ya no podía encontrarlo. Desde allí, partió a Auvers sur Oise, lugar de morada y de descanso eterno del trágico pintor. Visitó la pensión de Ravoux donde transcurrieron días de su existencia, su solitaria cama, su desvencijada mesa de luz, pequeño universo plasmado en una de sus obras. Después vio la Iglesia pintada por el artista y expuesta en el Museo d’ Orsay, a continuación fue a los campos que él vio cubiertos de mieses en suaves colinas y que plasmó en el lienzo, en amarillos, verdes pálidos y dulce malva; ella no tuvo ese privilegio, solo vio una inmensa mancha blanca, una nieve que lo cubría todo y el paseo la llevó a concluir a los pies de su tumba, esa tarde gris que apagaba el día, una tumba contra un muro pero donde no estaba solo ya que lo acompañaba la sepultura de su hermano Theo, ambos sí solos, fríos, durmiendo el sueño eterno en medio de la nada, en cuna de hiedra con sábana de mármol. Allí pudo despedirse definitivamente de esos ojos azules que dieron una impronta distinta a su excursión por Francia pero no se pudo despegar aún de ellos, los impresionistas, por lo que decidió aguardar los albores de la primavera, volver a Pontoise y diagramar una visita a Giverny para recorrer los jardines que inspiraron a Monet y su casa con toda su intimidad. Cuando llegó a París, la visualizó blanca, blanca de nieve, pero nunca se imaginó que detrás de tanta blancura podía encontrar tanto color, el de los impresionistas, un color que la iluminó, que le marcó senderos, que alimentó su alma, que la llenó de sol, ese invierno gris.