sábado, 21 de julio de 2018

Aletargamiento


«¿Vejez o soledad?», esa pregunta le quedó flotando a Susana cuando colgó el auricular…
Ramón había enviudado quince años atrás; la partida de Amalia le había dejado profundas huellas de congoja en su corazón que apenas pudieron mitigar el nacimiento de sus nietos.
Al principio eligió alienarse en un laberinto de viajes a mares cálidos y lugares exóticos, pero a su regreso, ahí estaba aguardándolo la casa, con los mismos adornos, igual distribución de los muebles, perfumes familiares. Lo único que modificaba la escena, era una lenta decadencia, que sumaba problemas de salud a los años.
Susana, la amiga íntima de su mujer,  había dejado de verlo un largo tiempo atrás, extrañaba mucho a Amalia e ingresar a la casa de su amiga de infancia le producía dolor y desasosiego pero la llamada de esa tarde, el tono de voz de Ramón y ese parloteo errático, encendieron la alarma y decidió hacerle una visita.
Ya en la vereda de la vieja casona, sintió que se le aceleraba el pulso, recordó tantos momentos vividos todos juntos y ahora le golpeaba la ausencia.
Ingresó por el largo pasillo hasta la casa y aparecieron ante su olfato viejos olores y ante sus ojos antiguas luminosidades.
La puerta se abrió y asomó frente a Susana un Ramón más empequeñecido, con una artrosis acentuada en sus manos pero con una risa que le sonó inmediatamente familiar.
El comedor estaba tal cual como lo recordaba, la larga mesa de algarrobo en el medio, el mueble modular atrás, lleno de portarretratos con la imagen de Amalia, Ramón y sus hijos.
Después de dos horas de hacer un relato de sus vidas, Susana solicitó pasar a los sanitarios, tras lo cual, se dispuso a hacer un paneo de una vivienda que había visitado durante treinta años.
Le llamó la atención que todas las puertas estaban cerradas,
«será para mantener el ambiente cálido» , pensó, pues era un día particularmenbte frío.
Se dirigió hacia el que había sido el dormitorio de Emanuel, el hijo menor, y lo abrió: el cuarto estaba vacío. Lo recorrió con sus ojos y sólo pudo observar paredes descascaradas y una mancha de humedad en el ángulo del techo. Una tenue luz se filtraba por la persiana apenas levantada. El olor de moho le produjo arcadas y se apresuró a cerrar la puerta.
A los otros cuartos no se atrevió a entrar, temía encontrar el mismo cuadro.
Comprendió que Ramón había sido invadido por una tremenda soledad, que no quería revolver el pasado y es más, se había querido despojar del mismo, vaciándolo.
No era sólo vejez lo que trasuntaba su enronquecida voz apagada, la soledad también iba marcando sus cicatrices.


comentarios

  1.  Otilia dice:
    Hola Galia,
    Gracias por leer, comentar y por el recibimiento. Yo también me alegro.
    Tu relato lleno de nostalgia me ha gustado y se lee con fluidez.
    Por aportar algo, diría que la presentación de Susana es un poco abrupta, yo lo daría una vuelta. Es solo mi opinión.
    Nos leemos. Saludos.
    Escrito el 18 julio 2018 a las 17:09
  2. Doralú dice:
    ¡Hola Galia!
    Un gusto volver a leerte. Tome unas mini vacaciones mientras Iria y Tomei estaban de licencia por maternidad.
    Tu relato refleja una cotidianidad para mucha gente. Me ha gustado la manera en que lo plasmaste.
    En cuanto en la forma, solo unas tonterías que voy a comentar:
    -Donde dice ¿vejez o soledad? Y en será para mantener el ambiente cálido: la comilla inicial va unido al texto. (Disculpa que no la escriba, pero no estoy escribiendo desde la compu)
    -su enroquecida voz… ¿Será enronquecida voz? Nada que desmerezca ni cambie tu texto.
    Un abrazo
    Escrito el 19 julio 2018 a las 01:26
  3. Hola Galia. Nos presentas un relato en el cual podemos caer en cualquier momento. Y eso duele….
    salu2
    Escrito el 19 julio 2018 a las 12:01
  4.  Dainyyel dice:
    Muy buen texto, vas al punto y como lo comentan, fluido.
    usas muy bien la ambientación sombría (bueno a mi me parecio asi)
    los errores muy pocos, pero nada grave.
    Saludos y nos leemos.
    Escrito el 19 julio 2018 a las 17:02
  5.  Piquillin dice:
    Hola Galia: Me gustó tu relato, sobre todo como describe los sentimientos del viudo. Me confundí un poco en la primera frase, no me quedó claro quien se quedó con la pregunta. Tuve que leer un par de veces la parte de Susana. Acuerdo con lo que dice Otilia,a la presencia de Susana y su participación es a la que habría mejorar. Por lo demás me gustó la atmósfera creada y el tema es interesante. Espero puedas pasar por ti relato.
    Soy Piquillín. nº22
    Escrito el 19 julio 2018 a las 21:52
  6.  Piquillin dice:
    Rectifico:la participación de Susana, habría que mejorar.
    Escrito el 19 julio 2018 a las 21:53
  7.  Karian V dice:
    Saludos Galia:
    Gracias por ofrecerme tu orientación en relación a mi cuento. Estoy revisando tus recomendaciones.
    Me gustó tu narración, en especial la descripción del hogar de Ramón y el resumen del final. Mucho éxito.
    Escrito el 19 julio 2018 a las 22:15

martes, 26 de junio de 2018

Visitas o parafraseando a Cortázar


Hoy te entendí como nunca, Julio, sólo que yo no estoy dispuesta a tirar la llave de esta casa tomada, la defenderé hasta mi último aliento.
Primero sentí apropiada el ala norte, cada aposento tenía su huésped, cada cama su bello durmiente, cada sábana su tibia piel.
Yo, yo me quedé del otro lado, callada y palpitante.
Después le tocó el turno al ala este, incluía piscina, árboles y hasta el pobre perro que corría sin parar tratando de explicarse lo inexplicable.
En cada zambullida de los usurpadores el agua salpicaba agotamiento, transpiraba resignación.
Yo me había apretujado en los tres metros cuadrados de la cocina a la que pensaba defender con uñas y dientes. Fue mi refugio durante largas horas, mi trinchera.
Primero cerré la puerta de vidrio, las otras dos ya las había trabado el día anterior; cuando visualizaba una silueta cerca, a través del esmerilado, acercaba una silla para trabarla y aumentaba el volumen de la radio, no quería escuchar el mínimo susurro.
Mientras tanto, pergeñaba un plan para deshacerme de los intrusos. No alimenté resignación en ningún momento, todo lo contrario, a medida que me sentía más invadida, más aguerrida me volvía.
Cuando salí de mi refugio y quise utilizar los sanitarios, comprendí que ésta sería una tarea infructuosa, también habían sido tomados; ni siquiera pude rescatar mi cepillo de dientes ni el peine grande tipo rastrillo, ni esa prensa marrón de carey que compré con tanto gusto.
Volví a mi refugio.
Los sentía reír a carcajadas, correr, golpear las puertas y yo me ovillaba al pie de la mesa redonda, tapaba mis oídos y sólo escuchaba el rechinar de mis dientes.
Hoy te recordé tanto, tanto, Julio, pero no me resigné, no, saqué la masa de hojaldre de la heladera y empecé a pegarle con fuerza, con mucha fuerza mientras diseñaba el plan de desalojo.

martes, 24 de abril de 2018

Al son de los violines

No sabía dónde ir, dónde encontrar consuelo. Cargaba sobre mis espaldas el peso del mayor desencanto de mi vida y necesitaba huir para borrar su imagen, olvidar sus besos, sus caricias, la forma en que hacíamos el amor.
Empecé a recorrer las calles nevadas y el intenso frío me llevó a protegerme en un cine. Entré sin mirar el título de la película que proyectarían.
Se apagaron las luces, se encendió la pantalla y ahí, frente a mis ojos refulgió el título: “Las brujas de Eastwick”.
Inmediatamente quedé paralizada, fue la primer película que vimos juntos diez años atrás.
Recuerdo, a la salida del cine, fuimos a su casa, cenamos a la luz de las velas, después me condujo al dormitorio, encendió el tocadiscos, puso la banda de sonido del film y me empezó a desvestir. Sus labios fueron el arco y mi cuerpo el violín. Con el crescendo de la música llegamos al éxtasis; a partir de ese día esa melodía siempre acompañó nuestra pasión y se convirtió en un himno de placer y lujuria.
Sí, se me eriza la piel y una corriente eléctrica recorre mi columna cuando lo rememoro.
Me quise concentrar en la cinta pero empecé a temblar, a vivir la película de mi vida.
¿Quién condujo mis pasos a esa sala? ¿Por qué daban justo ese film?
No pude continuar viéndola, me levanté sin hacer ruido y en puntillas me apresuré a la salida y la música corrió a mi lado y se mezcló con los gritos de los actores y la música, esa música...
Noté que la llevaba incorporada dentro de mí, que mi mente la tarareaba. Sentí la necesidad de escucharla muchas veces, de introducirme en ella, de vibrar al son. Caminaba sin rumbo cuando a lo lejos, sobre la mano de enfrente divisé un cartel que anunciaba la presencia de una disquería, “Vértice musical”; la misma acrecentaba años de trayectoria. Era un viejo escaparate donde se podían conseguir temas de colección, discos antiguos y piezas únicas.
Crucé la calle sorteando los vehículos y cuando iba a ingresar, un gato negro se me cruzó entre las piernas, me clavó sus verdes ojos y lanzó un maullido. Para mí no fue un mal augurio, todo lo contrario. “Todo tiene que ver con todo”, —me dije—; las brujas, la música, el gato, recreaban sin querer el laberinto oscuro al que me había lanzado la ruptura, el engaño, la comprobación del desamor.
Un viejecillo con anteojos de marco de plata se acercó, me sonrió y me preguntó qué buscaba. Cuando le mencioné la banda sonora, me miró con curiosidad y en cierta manera hasta esbozó un gesto de perplejidad.
—Nunca se dio, —me dijo— que en un mismo día, dos veces pasara por mis manos el mismo disco.
Cuando le manifesté que no entendía, me contó que a la mañana temprano había entrado un hombre joven, aparentemente entrado en copas y que le había vendido ese long play, pues, aducía le traía malos recuerdos.
Ahora era yo quien lo tenía en mis manos para revivir la vieja pasión. Reconocí la carátula en cuanto la vi, es más, en un ángulo conservaba el corazón que yo había dibujado con el nombre de ambos.
Salí de la disquería con el convencimiento de que no existían las casualidades.
Ingresé a mi departamento ya con el anochecer encima pero no encendí las luces, no haría falta, me acerqué al centro musical, puse el disco con el volumen al máximo y me acosté a escuchar los violines, mi cuerpo empezó a temblar.

Publicado en El Narratorio N° 26