Cromañón
Cuando el periodista le preguntó a quién quería
abrazar, le respondió: “al adolescente que fui cuando tenía quince años”.
Esa edad tenía Juan cuando fue al recital del grupo de
rock Callejeros en el boliche República de Cromañón en Once.
Corría el mes de diciembre de 1994, penúltimo día del
año y había que despedirlo.
Programó con
sus tres amigos más íntimos del secundario y partió rumbo a tener una noche de
éxtasis. Nunca pensó que la misma se convertiría en tragedia ni que sería el
único sobreviviente del grupo.
Una
bengala encendida por un fanático de la banda, una chispa que incendió
inmediatamente el techo, un humo que hacía el lugar irrespirable y como
corolario, las puertas de salida cerradas con llave para evitar el ingreso de
gente sin entrada. Un cóctel perfecto.
Los gritos suplantaron la música, la desesperación era
esta vez la que hacía vibrar el estadio. Por fuera el desconcierto, corridas,
frustración, empujones y golpes para tirar las puertas, todo en vano. La muerte
ya había dicho presente y había empezado a cobrar sus víctimas.
Ciento noventa y cuatro jóvenes muertos y más de mil
cuatrocientos heridos.
Después vinieron las culpas, los peritajes, las
prohibiciones y destitución del jefe comunal. Pero los que se fueron, nunca más
volvieron, los corazones de luto siguieron palpitando angustia y el año se
despidió con tragedia que no con alegría.
Y ahí estaba Juan, respondiendo el reportaje treinta
un años después del fatídico día, queriendo abrazar a ese adolescente que vio
partir a sus amigos y quedó con una herida en su alma que no cicatrizaría
jamás.
En la mesa de
luz, un portarretrato con los cuatro amigos riendo, da un marco de tristeza a
una charla que surgió a manera de homenaje.


