Pegó un portazo y partió. La Delia esta
vez había colmado su paciencia.
Los otros tres cumpas ya lo estaban
esperando para jugar al truco y cuando lo vieron entrar el Rulo dijo:
— Miren, ahí viene el Colorado, por la
cara que trae se nota que está enculadazo.
— Hola cul…, ¿qué te anda pasando que
portai esa jeta?, — le dijo el Salame Picado Fino.
— Me he agarrado fiero con la Delia,
todas las noches cuando amago venir me arma unos quilombos de novela, ya me
tiene harto. “Que, si chiniteo, que seguro que tengo otra hembra, que la
gorreo”. Me harta con tanta desconfianza.
— Parale el carro— le aconsejó Jardín
Florido, — si sabés que no es así, no le hagas caso.
— Vení, sentate, nos pedimos un
“Fernando” y empezamos la partida, — le dijo el Rulo.
Estaban en lo mejor del juego cuando
entró una chichí de esas que te dejan los ojos bizcos.
Sus curvas se contorneaban a la par del
repiquetear de los tacos altos. Les echó una mirada a los cuatro, pero al Colo
le hizo un leve saludo con los labios.
La mina se fue hacia la barra, se sentó
en un taburete, pidió una bebida y se puso a ficharlos.
La algarabía de los cuatro amigos
resonaba en todo el bar, al grito de truco le seguía retruco, flor, de vez en
cuando y un envido cuando alguien no cantaba flor.
Desde la barra la chirusa le seguía
haciendo caritas al Colo mientras sus amigos disfrutaban de la situación.
Cuando terminaron la partida, el Rolo
desafió al Colo a que se animara a ir a acompañar con un trago a la rubia,
total, “la Delia no se podría enterar al menos que un parroquiano lo botoneara
pero no había ningún conocido. De esta manera podría llevar a la práctica la
profecía autocumplida”.
— Si me agarra me mata, y esta vez con
razón.
— Andá Colo, un trago no es una gorreada
y se te pasa la cara de embole que tenés, — dijo el Salame.
Tanto insistieron los tres que el Colo
se levantó y enfiló hacia el mostrador. La rubia dibujó una sonrisa de oreja a
oreja y empezó a bambolear sus lolas.
Mientras tanto, la Delia le confiaba a
su madre, por teléfono, la última discusión que había tenido con el Colo.
— Aflojá, hija, el tipo labura como
enano todo el día en el taller, no te hace faltar nada y dudo que te ponga los
cuernos, son ideas tuyas, aflojá.
La Delia cortó la comunicación, se quedó
pensando y tomó una decisión: se iría para el bar, le pediría perdón al Colo y
como prenda de paz les regalaría los
cuatro Nugatones que había comprado a la mañana para que los compartiera con
sus amigos.
Se vistió con sus mejores prendas, se
maquilló y se marchó.
Cuando ingresó se puso a otear el lugar
para ubicarlos y cuando divisó al Colo sentado junto a la mina pegó un grito
tan estridente que temblaron los vidrios de la ventana.
Al cantinero se le cayó el chop que
estaba preparando.
Se acercó hecha una furia y les estampó
un cachetazo en la mejilla a cada uno para que no quedara duda de su enojo.
Acto seguido se acercó a los otros tres
amigos quienes ligaron igual recompensa.
—Pará flaca, ¿te has vuelto loca? —le
dijo Jardín Florido, —sólo está chamuyando y nosotros lo empujamos a hacerlo.
Estaba muy enojado, Delia, tantas acusaciones tuyas y todas infundadas, lo
único que hacemos es jugar. Hoy se dio la oportunidad y nosotros lo desafiamos.
—¡Ja!, que les voy a creer, en casa no
duerme más. Que pase a buscar su ropa, la dejaré en la puerta, ¡no vuelve!,
entienden, ¡no vuelve!, y ustedes no se me acerquen porque juro por ésta, +,
que los voy a hacer picadillo, ya van a ver.
Dicho esto, la Delia pegó media vuelta y
partió no sin antes tirar los Nugatones contra la rubia con tan buena puntería
que fueron directo a sus tetas.
Ahí quedó el cantinero, mudo, tratando
de secar la cerveza volcada, los parroquianos, con la boca abierta, los cuatro
amigos y la chichí con el rostro marcado por la palma de la Delia quien había
partido con la convicción de que siempre había tenido razón.
Los cuatro amigos fueron donde el Colo a
recoger la ropa que estaba tirada en la puerta y de allí partieron hacia la
casa del Rulo. La sorpresa fue grande cuando éste comprobó que su mujer le
había puesto pasador desde adentro y no pudo entrar, lo mismo sucedió en lo del
Salame y Jardín Florido.
Evidentemente las cuatro mujeres se
habían puesto de acuerdo y el castigo era parejo.
Los hombres, cabizbajos, partieron hacia
la costanera del Suquía, ahí había bancos y decidieron pasar la noche para
armar una negociación que plantearían al día siguiente. Estaban preparando la
estrategia cuando escucharon sonidos de cuarteto que venían del Estadio del
Centro, vecino al lugar.
La Mona Giménez sonaba con toda su
estridencia. Los cuatro se miraron, enterraron por el momento sus penas, se
tomaron del brazo y enfilaron hacia el lugar coreando a viva voz “Se ha tomado
todo el vino, eeeh eeeh, eeeh, se ha tomado todo el vino...”