viernes, 8 de agosto de 2025


Truco, minas y fernet

 

                                                            

Pegó un portazo y partió. La Delia esta vez había colmado su paciencia.

Los otros tres cumpas ya lo estaban esperando para jugar al truco y cuando lo vieron entrar el Rulo dijo:

— Miren, ahí viene el Colorado, por la cara que trae se nota que está enculadazo.

— Hola cul…, ¿qué te anda pasando que portai esa jeta?, — le dijo el Salame Picado Fino.

— Me he agarrado fiero con la Delia, todas las noches cuando amago venir me arma unos quilombos de novela, ya me tiene harto. “Que, si chiniteo, que seguro que tengo otra hembra, que la gorreo”. Me harta con tanta desconfianza.

— Parale el carro— le aconsejó Jardín Florido, — si sabés que no es así, no le hagas caso.

— Vení, sentate, nos pedimos un “Fernando” y empezamos la partida, — le dijo el Rulo.

Estaban en lo mejor del juego cuando entró una chichí de esas que te dejan los ojos bizcos.

Sus curvas se contorneaban a la par del repiquetear de los tacos altos. Les echó una mirada a los cuatro, pero al Colo le hizo un leve saludo con los labios.

La mina se fue hacia la barra, se sentó en un taburete, pidió una bebida y se puso a ficharlos.

La algarabía de los cuatro amigos resonaba en todo el bar, al grito de truco le seguía retruco, flor, de vez en cuando y un envido cuando alguien no cantaba flor.

Desde la barra la chirusa le seguía haciendo caritas al Colo mientras sus amigos disfrutaban de la situación.

Cuando terminaron la partida, el Rolo desafió al Colo a que se animara a ir a acompañar con un trago a la rubia, total, “la Delia no se podría enterar al menos que un parroquiano lo botoneara pero no había ningún conocido. De esta manera podría llevar a la práctica la profecía autocumplida”.

— Si me agarra me mata, y esta vez con razón.

— Andá Colo, un trago no es una gorreada y se te pasa la cara de embole que tenés, — dijo el Salame.

Tanto insistieron los tres que el Colo se levantó y enfiló hacia el mostrador. La rubia dibujó una sonrisa de oreja a oreja y empezó a bambolear sus lolas.

Mientras tanto, la Delia le confiaba a su madre, por teléfono, la última discusión que había tenido con el Colo.

— Aflojá, hija, el tipo labura como enano todo el día en el taller, no te hace faltar nada y dudo que te ponga los cuernos, son ideas tuyas, aflojá.

La Delia cortó la comunicación, se quedó pensando y tomó una decisión: se iría para el bar, le pediría perdón al Colo y como prenda de paz les regalaría  los cuatro Nugatones que había comprado a la mañana para que los compartiera con sus amigos.

Se vistió con sus mejores prendas, se maquilló y se marchó.

Cuando ingresó se puso a otear el lugar para ubicarlos y cuando divisó al Colo sentado junto a la mina pegó un grito tan estridente que temblaron los vidrios de la ventana.

Al cantinero se le cayó el chop que estaba preparando.

Se acercó hecha una furia y les estampó un cachetazo en la mejilla a cada uno para que no quedara duda de su enojo.

Acto seguido se acercó a los otros tres amigos quienes ligaron igual recompensa.

—Pará flaca, ¿te has vuelto loca? —le dijo Jardín Florido, —sólo está chamuyando y nosotros lo empujamos a hacerlo. Estaba muy enojado, Delia, tantas acusaciones tuyas y todas infundadas, lo único que hacemos es jugar. Hoy se dio la oportunidad y nosotros lo desafiamos.

—¡Ja!, que les voy a creer, en casa no duerme más. Que pase a buscar su ropa, la dejaré en la puerta, ¡no vuelve!, entienden, ¡no vuelve!, y ustedes no se me acerquen porque juro por ésta, +, que los voy a hacer picadillo, ya van a ver.

Dicho esto, la Delia pegó media vuelta y partió no sin antes tirar los Nugatones contra la rubia con tan buena puntería que fueron directo a sus tetas.

Ahí quedó el cantinero, mudo, tratando de secar la cerveza volcada, los parroquianos, con la boca abierta, los cuatro amigos y la chichí con el rostro marcado por la palma de la Delia quien había partido con la convicción de que siempre había tenido razón.

Los cuatro amigos fueron donde el Colo a recoger la ropa que estaba tirada en la puerta y de allí partieron hacia la casa del Rulo. La sorpresa fue grande cuando éste comprobó que su mujer le había puesto pasador desde adentro y no pudo entrar, lo mismo sucedió en lo del Salame y Jardín Florido.

Evidentemente las cuatro mujeres se habían puesto de acuerdo y el castigo era parejo.

Los hombres, cabizbajos, partieron hacia la costanera del Suquía, ahí había bancos y decidieron pasar la noche para armar una negociación que plantearían al día siguiente. Estaban preparando la estrategia cuando escucharon sonidos de cuarteto que venían del Estadio del Centro, vecino al lugar.

La Mona Giménez sonaba con toda su estridencia. Los cuatro se miraron, enterraron por el momento sus penas, se tomaron del brazo y enfilaron hacia el lugar coreando a viva voz “Se ha tomado todo el vino, eeeh eeeh, eeeh, se ha tomado todo el vino...”

 

 




Divorcio

 

Aparentaba un domingo más, pero no lo fue.

Hicieron el amor, como acostumbraban, después, ella se levantó para preparar el desayuno con frutos licuados, cereales y café humeante.

El sol parecía que brillaba con más intensidad.

Sentados frente el desayunador, a boca de jarro, él le planteó divorcio. De nada valieron argumentos de más de cuarenta años de trayectoria juntos, de vivencias compartidas, de viajes realizados y crisis afrontadas, de nada.

La decisión estaba tomada y no había marcha atrás.

Pero ese divorcio sumaba otros acoplados en cadena…

Divorcio de la casa, un lugar al que ella nunca terminó de amar, sí a los jacarandas, plantados con sus propias manos en la vereda y de las frutillas que llorarían ausencia en agosto.

Divorcio con el personal de maestranza al que ya no podría mantener. Años de confidencias, cafés compartidos, asistencia.

Y había un divorcio más cruel que aún no se había consumado: la enfermedad grave de sus dos perros, una viejita descaderada; con hemorragia nasal, el otro, y con pronóstico desahuciado.

Deberá revolver trastos, tirará lo que no crea indispensable, amontonará libros, pinceles y acuarelas de tiempos de creatividad y juventud vibrante.

Llorará ausencias, reirá burlándose de la vida y despedirá rutinas, entre ellas, caminatas con amigas.

 Olfatea divorcio con tufillo a muerte, muerte de amor simulado, de cómodo bienestar, de vejez segura y bien plantada, de encuentros y desencuentros, al final con carcajadas.

Soledad es la palabra que refulge en su mente, mucha y no buscada.

Divorcio, tres sílabas que dictan desamparo, cerrojo de amor, definitivamente clausurado.

 

 

viernes, 4 de abril de 2025


Pintura de Carlos Alonso

El voyerista

 

 

Le gustaba espiar, su vida era justamente eso, vivir de la vida de los demás.

En su búsqueda de vivienda siempre tenía en cuenta que hubiese una buena ventana al exterior enfrentada a un mirador en la acera de enfrente.

Esta vez, el elegido fue un departamento en un edificio bastante derruido en La Boca.

Las canillas goteaban, las paredes pintaban humedades y el olor a moho penetraba hasta los alvéolos pulmonares.

No le importó, frente al ventanal del living un balcón con macetas con flores prometía función.

Al día siguiente de la mudanza, preparó un café y con el pocillo humeante se asomó a la ventana.

El espectáculo que se le presentó frente a los ojos, lo dejó pasmado; dejó la taza en la repisa, corrió a buscar los binoculares y ya no se pudo despegar.

Tras el balcón florido se divisaba un cuarto dormitorio-taller y en el lugar dos almas palpitando: delante de la cama austera, de madera sobria, custodiada por un crucifijo, el pintor daba batalla delante de un caballete con un lienzo; frente a él, la modelo desnuda, de carnes fláccidas posaba midiendo el tiempo para poder cambiar de posición.

La cortina flameaba expectativa, el pintor llamaba a la inspiración, la mujer imaginaba el transcurrir de las horas y el voyerista llegaba al orgasmo.

Fue el retrato de un día pleno.

 

 

jueves, 2 de enero de 2025




 

Mártir y loca

 

Nunca imaginé que una visita a la dermatóloga cambiaría tanto mi vida.

La primera lesión que le mostré adujo que era producto de un importante stress y me sugirió consultar con un psicólogo.

Cuando observó la segunda, adujo que me autoflagelaba.

Me imaginé así, como uno de los mártires de la Edad Media con el cilicio a cuestas.

La miré con indulgencia, medí las palabras y culminé dándole las gracias con la receta de corticoides en la mano.

Mientras me dirigía a mi casa, no dejaba de pensar en ambos apodos: mártir y loca.

Medité mucho y pensé: “quizás tenga un poco de razón”.

Tomé una decisión: no me lastimaría más cada grano que apareciera y me dije: —yo no quiero ser mártir, es más divertido ser pecadora—.

La segunda calificación la debía estudiar más: “un poco de locura no nos viene mal”.

Así, puse en venta, en la vecindad, algunas de las prendas que ya no uso y están como nuevas. La economía circular, como la llaman ahora.

Siempre me repito: —hay que vivir ligera de equipaje—.

Cuando alguna vecina me contactaba para hacer una compra, mi locura se encendía y empezaba a actuar.

Así esperaba con paciencia verla pasar con mi ex camisola, ex blusa yo me ponía a caminar tras ella hablándole bajito, como un murmullo a mi otro yo.

Trataba de mantener la distancia para que la portadora no me descubriera.

Con mi ropa apoyada en otro cuerpo, consultaba los pasos a seguir para resolver mis problemas.

A veces, la prenda se daba vuelta y se sacudía.

 —Voy en la dirección correcta—, me decía.

Otras, se ladeaba para un costado, me indicaba que debía recalcular.

Me reía a carcajadas mientras veía pasar por la puerta de mi casa a mi ropa.

¡Qué bueno es estar un poco loca!

viernes, 6 de septiembre de 2024



Interrogantes

 

¿Qué dejan al marcharse los padres?

Un abismo de orfandad, de dolor, de añoranza.

¿Qué dejan cuándo parten a otras latitudes los hijos?

Un hueco, un vacío, un espacio intangible.

¿Qué deja cuándo se extingue nuestra juventud?

Tristeza, remembranzas de viejos amores.

Sentimientos todos que acompañan nuestros sueños,

que recorren nuestra piel.

Y en ese desvarío me provoco extrañeza,

me desconozco, tantas veces.

Me despierto

y me encuentro aherrojada en un mundo que no elegí,

vulnerable, extraña.

Busco integrarme, pertenecer,

dejar la isla que bloquea mis sentimientos.

Busco salvarme y ahogar mi soledad.

La noche me trae visiones de un mundo utópico

y en mi duermevela modifico mi realidad,

la moldeo a medida de mis ilusiones.

Campanadas de certidumbre

repican cantos de esperanza.

Miro tras la ventana y observo el porvenir,

pájaro que aletea sueños y trina despertares.


 

 


Elegía

 

La espada que fue espada

tiñó de muerte la noche

sembró soledad, ausencias,

arrebató el beso

que la luna entre copas de árboles espiaba.

La espada que fue espada

dejó tanta vida cercenada.

Sábana de mármol cubrió tumbas

mientras la tierra lloraba.

 




martes, 30 de julio de 2024



Riña de gallos

Caprichoso y pendenciero, así era Estanislao. Se le metía una idea en la cabeza y no paraba hasta ponerla en práctica.
Deolinda ya se lo había recriminado, — no son prácticas legales, — le había dicho, pero él insistía en su idea.
Es que Raimundo se había burlado de él en muchas oportunidades y en el pueblo hacía alarde de tener el mejor gallo de riña de la localidad. Siempre lo dejaba maltrecho al Pinto, gallo de Estanislao y Raimundo lo gastaba a su compadre refiriéndose a las palizas que le había dado el Cresta. Estanislao tragaba saliva y se juraba mostrar a todos quién era su Pinto, gallo peleador, si lo había y temerario.
El alcalde había prohibido las riñas, pero allá en el fondo, en los confines de la localidad Anselmo había armado una arena detrás del galpón y había disimulado el lugar con un perímetro de alambre cubierto por una media sombra bien gruesa.
El alcalde lo sabía, cómo no, si todos los parroquianos lo proclamaban a plena voz y se vestían de fiesta el día de la contienda, pero en el fondo el prefecto los dejaba hacer, si hasta su padre había tenido un gallo campeón.
La próxima riña tendría un tinte especial, Estanislao había jurado que su Pinto mataría a Cresta y sería coronado el mejor.
Muchos le creyeron y apostaron más de lo que habían hecho en otras oportunidades.
— Si vamos a jugar sucio, — le dijo Estanislao a su mujer, — lo haremos con propiedad.
Deolinda no entendió el mensaje, pero su corazón le dictó que algo negro se avecinaba.
Le pidió calma a Estanislao, pero en la forma cómo lo vio beber, sus ojos inyectados en sangre y la baba que le corría por el costado de su boca, supo que la tormenta estaba muy cerca.
A ella no le gustaba asistir a esos espectáculos, le parecían grotescos; además no era bien visto por los parroquianos la presencia de mujeres, pero al observar tan fuera de sí a su marido, decidió acompañarlo.
Se dirigió al dormitorio para vestirse y cuando salió se encontró con que éste, ya había partido.
Le llamó la atención un cajón del mueble de la cocina a medio cerrar, lo abrió y observó que faltaba el cuchillo de filetear carne, tan, tan, su corazón dictó alarma.
Rápidamente salió y casi al trote se dirigió donde Anselmo, a su lado pasaban los paisanos, a caballo unos, en bicicleta otros, caminando y riendo unos cuantos.
Mientras acortaba distancia, sintió la sirena de la policía cada vez más cerca, cada vez más estridente. Tan, tan, volvió a golpear su corazón.
En eso, una ambulancia pasó levantando una polvareda, tan, tan, tan, tan.
Cuando llegó, se hizo paso entre la muchedumbre, atravesó como pudo el galpón y el cuadro que se presentó ante sus ojos, fue apabullante, ahí, tirado sobre la arena estaba Estanislao bañado en sangre; a su lado yacía el Pinto, también muerto con la cuchilla atada a sus patas. Los gritos de Deolinda invadieron el lugar, después se le nubló la vista y perdió el conocimiento.
Se despertó en el hospital de pueblo. Allí, Ramona, su vecina le contó lo que se rumoreaba, que Estanislao había concurrido a la riña dispuesto a darle muerte al Cresta, para ello le había atado la cuchilla a las patas del Pinto y en un descuido el animal se movió inquieto y le abrió el abdomen con la cuchilla.
Tan, tan, tan, volvió a percutir el corazón de la Deolinda y se volvió a desmayar.