jueves, 14 de febrero de 2019

Puerta cerrada



Entré al bodegón, pedí una copa de vino y me senté junto a la ventana.
Mientras esperaba el plato de pastas observé al perro que saltaba sobre el umbral de la casa de enfrente. Evidentemente quería entrar pero no tenía respuesta de sus moradores.
Saltaba y saltaba, golpeba el vidrio, intentaba mover el picaporte pero su esfuerzo era en vano.
Se alejó cabizbajo hacia la parada de ómnibus y allí se echó con desgano. Sus orejas bajas denotaban tristeza.
La entrada de la vieja casona fue ocupada por un anciano que apenas podía caminar. Se desparramó en el ingreso mientas el sol del mediodía lo castigaba con fuerza.
Me llamó la atención verlo tan abrigado ese tórrido día, como si se hubiera puesto todo el ropero encima. Era estatua encorvada por el peso de la ropa y de los años, monumento a una vejez solitaria y abandonada.
El perro volvió sobre sus pasos e inició la danza para poder ingresar. Esta vez no estaba solo, el viejo había intentado lo mismo pero sus piernas no lo sostenían.
El umbral, así, se conviertió en el albergue de dos almas desamparadas.
Descansaban, tomaban impulso, golpeaban la vieja puerta, descansaban, daban golpes de puño, el hombre, cabezasos, el perro, descansaban, se paraban, tambaleante, el hombre, temblando, el perro, golpeaban, gritaba, el hombre, ladraba, el perro, rozaban la puerta al unísono, y ya sin fuerzas, se tiraban sobre el escalón.
De pronto, cuando parecía que la batalla estaba perdida, el pórtico dejó ver su espacio interior y ambas criauturas desaparecieron detrás del mismo.
Yo me quedé tratando de desentrañar si había sido realidad o un espejismo de dos ánimas en pena.